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Terra
La Coctelera

imagen política

Estoy convencido de que tenemos que educar a nuestros hijos en la insistencia de que un mundo mejor es posible. Que la resignación basada en la ineptitud ajena no justifica nuestra falta de compromiso.

Hay que convencerles de que entre el menú de corruptos, vividores y espectáculos políticos que nos tenemos que tragar casi a diario a lo mejor hay que esperar al postre para saborear los placeres de la convivencia, la tolerancia, el respeto a los demás , la capacidad de comunicación, etc....

Claro que después de ver   la sesión del senado que nos brindaron nuestros políticos, aunque no va a cambiar mi opinión acerca de lo que creo que deben ser los contenidos de una educación basada en valores innegociables como los que arriba menciono, sí que los caminos para contribuir a ello pueden sufrir algúna variación.

Lo de ayer hay que aprovecharlo como estrategia educativa y de convencimiento para que nuestros hijos comprueben que hay que cambiar la forma de hacer política, no sólo en nuestro país, sino en el resto del mundo. Nada de cambiar de canal y pasar a otra cosa. La mejor forma de cambiar la realidad es comprobar lo mal que la tratan los que nos representan.  

¿Y esa es la gente que quiere cambiar la educación? Pues como decía la canción de Víctor Manuel: "déjame en paz, que no me quiero salvar y que me dejen peor que mal"...O algo así. 

 

la línea roja

 

LA LÍNEA ROJA

 

Hay momentos duros que cuando se vuelven pasado, los recordamos con el sentido del humor que el tiempo ha ido desmenuzando en ellos. Poco a poco vamos borrando, por instinto de supervivencia quizá, su aspecto más doloroso si es que el resultado final fue positivo. Pero no todo el mundo tiene tan buena suerte. A veces, la vida viene tan marcada que la huella dura para siempre.

Que el presente y el futuro de nuestra vida, nada más y nada menos que el setenta y cinco por ciento, dependa de una línea roja fue el penúltimo pensamiento sarcástico que se le ocurrió a Sara mientras esperaba los resultados. Al fin y al cabo, si alguien tenía que empezar a herirla mejor hacerlo una misma.  

Buscó la soledad como una manera de acostumbrarse a lo que se avecinaba, aunque había oído que la crueldad de la espera se solía compartir con una amiga, alguien que pudiera comprender lo que se sentía en un momento como este.

Orinó las últimas gotas de esperanza y esperó con los ojos bien abiertos. Sabía que si los cerraba el ritual de la apertura sería insoportable, un salto al vacío de la desilusión. Nunca había sido una persona optimista, no porque la vida le hubiera tratado mal sino porque pensaba que los optimistas militantes vivían en un mundo irreal que ellos mismos se forjaban para no tener remordimientos de conciencia.

¿Por qué le venían todas estas cosas a la cabeza?. Ella ya sabía que el resultado le miraba a los ojos, a su mirada perdida en el espejo. El insignificante hecho de bajar la cabeza le parecía ahora una heroicidad. Se vio tentada de coger el móvil y llamar a Ana, su amiga del alma al menos hasta ahora. Pero, ¿qué había sido la amistad sino un juego de coincidencias?, ¿en qué coincidiría con ella si estaba apunto de ser sentenciada a otra vida?.

Su mano adolescente temblaba mientras guardaba el móvil en el bolsillo, la misma mano con la que iba a coger el resultado del test. La misma mano que no tuvo el valor suficiente para decir que no, que hacerlo sin "nada" no tenía porqué ser una coincidencia más.

"No deja de ser curioso lo de resultado positivo", pensó mientras observaba la línea roja que le iba a prohibir continuar con su relajada y anónima vida. "¿Positivo para quién?", gritó en el eco de su cuarto de baño.

Hubiera querido estar encerrada para siempre en su nuevo mundo, sentada al borde de la bañera y contemplando cómo su vida se iba por el desagüe pero la voz de su madre le sacó de la ilusión de que todo aquello no fuera cierto y encontró las lágrimas que sin saber porqué se le habían negado.

Bajó los peldaños deseando caer escaleras abajo y despertar al día siguiente sin tener que afrontar la hora de la cena, la hora de la verdad. Este momento del día siempre había sido bastante anodino: preguntas habituales, comentarios acerca del trabajo y del colegio, reflexiones a media asta y sobre todo, ruido de cubiertos. Ella iba a romper la feliz monotonía y por eso se sentía aún más culpable.

No se atrevió a sentarse.

La madre, siempre las madres, enseguida se dio cuenta de que algo andaba mal. Su cara era un espejo donde se reflejaba la de Sara. El padre las miró a ambas sin apenas comprender lo que estaba sucediendo.

-"¿No te sientas?"- le dijo.

Ella no contestó.

 

gente mayor

El paso del tiempo le ha dejado en el rostro las cosas muy claras. Cada arruga es un camino recorrido, a veces atajos para cumplir con un destino.

Ojos vivos, más vivos que el resto del cuerpo, la mantienen despierta para ver más allá de lo que otros hemos visto.

Sus huesos hace ya tiempo que habían perdido la batalla. Se diría que era el recogido del pelo, tirante y sin fisuras, el que la mantiene erguida para caminar.

La nariz sobrevive por encima del resto de la cara. Se adelanta a su menudo cuerpo, a su caminar vacilante.

Habla con la pausa del verso recitado, sin adornos. Con la mirada pequeña y azul clavada en el rostro ajeno.

Sus manos desiertas acompañan las palabras cuando lo que dice, quiere que se oiga. Si no, entrelaza los dedos, pétreos por la artrosis y agacha la cabeza.

Las secuelas del hambre de la infancia no han agriado su carácter. Paciente con aquellos que tan desocupados como ella creen que el día les pertenece. Abierto con los que comparte la misma prisa. Reservado con los que han venido a esta vida nada más que a sufrir. Y senssible con los que de verdad sufren.

Su espalda es la prueba de que piensa seguir luchando. Algo encorvada hacia adelante como si mantuviera un sprint sin final.

Pero son sus ojos los más afortunados. Los únicos que le han ganado la batalla al tiempo y que nunca le han traicionado. Perfectos compañeros del viaje que aún no ha terminado.