LA LÍNEA ROJA
Hay momentos duros que cuando se vuelven pasado, los recordamos con el sentido del humor que el tiempo ha ido desmenuzando en ellos. Poco a poco vamos borrando, por instinto de supervivencia quizá, su aspecto más doloroso si es que el resultado final fue positivo. Pero no todo el mundo tiene tan buena suerte. A veces, la vida viene tan marcada que la huella dura para siempre.
Que el presente y el futuro de nuestra vida, nada más y nada menos que el setenta y cinco por ciento, dependa de una línea roja fue el penúltimo pensamiento sarcástico que se le ocurrió a Sara mientras esperaba los resultados. Al fin y al cabo, si alguien tenía que empezar a herirla mejor hacerlo una misma.
Buscó la soledad como una manera de acostumbrarse a lo que se avecinaba, aunque había oído que la crueldad de la espera se solía compartir con una amiga, alguien que pudiera comprender lo que se sentía en un momento como este.
Orinó las últimas gotas de esperanza y esperó con los ojos bien abiertos. Sabía que si los cerraba el ritual de la apertura sería insoportable, un salto al vacío de la desilusión. Nunca había sido una persona optimista, no porque la vida le hubiera tratado mal sino porque pensaba que los optimistas militantes vivían en un mundo irreal que ellos mismos se forjaban para no tener remordimientos de conciencia.
¿Por qué le venían todas estas cosas a la cabeza?. Ella ya sabía que el resultado le miraba a los ojos, a su mirada perdida en el espejo. El insignificante hecho de bajar la cabeza le parecía ahora una heroicidad. Se vio tentada de coger el móvil y llamar a Ana, su amiga del alma al menos hasta ahora. Pero, ¿qué había sido la amistad sino un juego de coincidencias?, ¿en qué coincidiría con ella si estaba apunto de ser sentenciada a otra vida?.
Su mano adolescente temblaba mientras guardaba el móvil en el bolsillo, la misma mano con la que iba a coger el resultado del test. La misma mano que no tuvo el valor suficiente para decir que no, que hacerlo sin "nada" no tenía porqué ser una coincidencia más.
"No deja de ser curioso lo de resultado positivo", pensó mientras observaba la línea roja que le iba a prohibir continuar con su relajada y anónima vida. "¿Positivo para quién?", gritó en el eco de su cuarto de baño.
Hubiera querido estar encerrada para siempre en su nuevo mundo, sentada al borde de la bañera y contemplando cómo su vida se iba por el desagüe pero la voz de su madre le sacó de la ilusión de que todo aquello no fuera cierto y encontró las lágrimas que sin saber porqué se le habían negado.
Bajó los peldaños deseando caer escaleras abajo y despertar al día siguiente sin tener que afrontar la hora de la cena, la hora de la verdad. Este momento del día siempre había sido bastante anodino: preguntas habituales, comentarios acerca del trabajo y del colegio, reflexiones a media asta y sobre todo, ruido de cubiertos. Ella iba a romper la feliz monotonía y por eso se sentía aún más culpable.
No se atrevió a sentarse.
La madre, siempre las madres, enseguida se dio cuenta de que algo andaba mal. Su cara era un espejo donde se reflejaba la de Sara. El padre las miró a ambas sin apenas comprender lo que estaba sucediendo.
-"¿No te sientas?"- le dijo.
Ella no contestó.