El paso del tiempo le ha dejado en el rostro las cosas muy claras. Cada arruga es un camino recorrido, a veces atajos para cumplir con un destino.
Ojos vivos, más vivos que el resto del cuerpo, la mantienen despierta para ver más allá de lo que otros hemos visto.
Sus huesos hace ya tiempo que habían perdido la batalla. Se diría que era el recogido del pelo, tirante y sin fisuras, el que la mantiene erguida para caminar.
La nariz sobrevive por encima del resto de la cara. Se adelanta a su menudo cuerpo, a su caminar vacilante.
Habla con la pausa del verso recitado, sin adornos. Con la mirada pequeña y azul clavada en el rostro ajeno.
Sus manos desiertas acompañan las palabras cuando lo que dice, quiere que se oiga. Si no, entrelaza los dedos, pétreos por la artrosis y agacha la cabeza.
Las secuelas del hambre de la infancia no han agriado su carácter. Paciente con aquellos que tan desocupados como ella creen que el día les pertenece. Abierto con los que comparte la misma prisa. Reservado con los que han venido a esta vida nada más que a sufrir. Y senssible con los que de verdad sufren.
Su espalda es la prueba de que piensa seguir luchando. Algo encorvada hacia adelante como si mantuviera un sprint sin final.
Pero son sus ojos los más afortunados. Los únicos que le han ganado la batalla al tiempo y que nunca le han traicionado. Perfectos compañeros del viaje que aún no ha terminado.
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